Severino Di Giovanni

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Severino Di Giovanni
«No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí elegí la lucha. Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir , es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso».
«No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí elegí la lucha. Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir , es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso».
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Severino Di Giovanni (Chieti, Italia, 17 de marzo de 1901 – Buenos Aires, Argentina, 1 de febrero de 1931) fue un periodista, obrero y poeta anarquista italiano, emigrado a la Argentina, donde se convirtió en la más conocida de las figuras anarquistas individualistas de su tiempo por su campaña en apoyo de Sacco y Vanzetti y su lucha contra el fascismo.

Citas[editar]

  • «No busqué afirmación social, ni una vida acomodada, ni tampoco una vida tranquila. Para mí elegí la lucha. Vivir en monotonía las horas mohosas de lo adocenado, de los resignados, de los acomodados, de las conveniencias, no es vivir , es solamente vegetar y transportar en forma ambulante una masa de carne y de huesos. A la vida es necesario brindarle la elevación exquisita del brazo y de la mente. Enfrenté a la sociedad con sus mismas armas, sin inclinar la cabeza, por eso me consideran, y soy, un hombre peligroso».
    • Fuente: Severino Di Giovanni, en su celda, horas antes de ser ejecutado.[1]
  • «Sepan Uriburu y su horda fusiladora que nuestras balas buscarán sus cuerpos. Sepa el comercio, la industria, la banca, los terratenientes y hacendados que sus vidas y posesiones serán quemadas y destruidas».
    • Fuente: Panfleto escrito por Severino, durante la dictadura de José Félix Uriburu, días antes de ser capturado.[2]
  • «Tú no puedes comprender mi tragedia. Verdadera tragedia de quien vive diariamente proscripto de la sociedad y vituperado por los anarquistas... ‘aceptables’. Solamente en contacto conmigo podrías comprenderme y justificar la ira, la actitud, la rebelión contra ciertos ‘anarquistas’. Y no vayas a creer que no amo al compañero, o que sea invadido por el pesimismo charlatán o el anticompañerismo —excúsame estas palabras ocasionales— porque te equivocarías en grande. Quien me conoce íntimamente puede saber de cuanto amor está acorazado mi espíritu. Y es este amor que hace cavar precipicios, el abismo, entre yo y el espía y el calumniador, y no otra cosa, porque sólo aquel que sabe amar tanto puede odiar tanto. Con el tiempo —le dice— mejor nos conoceremos y mejor nos comprenderemos y podrás evaluar así mis odios, mis gestos bruscos, las tempestades que se desencadenan en el corazón e impulsan el brazo y hace decidir la voluntad y la mente. Como sueño, a veces —en el ocio que me obliga la vida actual— con un mundo todo en armonía: cada tendencia basada en su propia iniciativa, sin jamás chocar, sin jamás humillarse, para ser más fuertes en el mañana cuando debamos correr todos hacia la gran batalla de la revolución. Pero son todos sueños».
    • Fuente: Severino en carta a Hugo Treni.[3]
  • «En la eterna lucha contra el Estado y sus puntales, el anarquista que siente en sí mismo todo el peso de su función y de su rebelión que emanan del ideal que profesa y de la concepción que tiene de la acción, no puede muchas veces prever que la avalancha que dentro de poco hará rodar por la ladera deberá necesariamente embestir el codo del vecino que está abstraído en la contemplación de las estrellas, o pisar el callo de otro que se obstina en no moverse, venga lo que venga en torno a él. Es lo inevitable de la lucha, que el anarquista no busca adrede, por puro gusto, pero que por un cúmulo de casualidades se atraviesa en su camino y provoca la nota violenta. No valen para reparar lo inevitable las acostumbradas recriminaciones, las ‘diferencias’, las serenatas al llanto, las alambicaciones leguleyas, las maldiciones de siempre y los repudios: si en el camino debemos correr, no podemos hacerlo parados ni impedidos por un falso sentimentalismo improductivo sin obstaculizar aquello que se quiere conducir como meta de la enérgica rebelión».
    • Fuente: Severino Di Giovanni, “El Terrorismo”.[4]
  • «Estoy desesperado, atrapado en el círculo inviolable de mis acciones, recién ahora comprendo que nunca pude cambiarme, que mi existencia rebelde en realidad fue profundamente obediente a mi naturaleza, no soy un auténtico transgresor porque no supe trangredirme a mi mismo, habían trazado para mi un destino de violencia y lo seguí sin oponerme, probablemente es mi delito más grave». [5]
  • «Tratan de apropiarse de mí como si fueran perros alrededor de un oso, cuchichean, me observan emocionados, se presentan convencidos de poder decir o escuchar algo importante, no saben que una parte de mí ya dejó el mundo y los mira a una distancia sideral, sin interés, como seres que se debaten en un desorden horrible».[6]
  • «Así como los obreros sufren la tiranía económica de la clase capitalista, así las mujeres —en la costumbre y en la ley— son víctimas de la tiranía del sexo masculino. La liberación de aquéllos del yugo económico y de éstas del yugo sexual no podrá llegar a realizarse sino a través del esfuerzo colectivo de todos los explotados por la sociedad. Así como la liberación de los trabajadores no podrá ser sino a través de ellos mismos —de acuerdo al dictamen de la Internacional— así la liberación de la mujer será siempre una afirmación vacía si la mujer no la emprende por sí misma».
    • Frase de Pietro Gori, reproducida en uno de sus discursos, atribuída a Severino Di Giovanni, pues el la redactó en su periódico Cúlmine.[7]

Otras citas sobre Severino Di Giovanni[editar]

  • «Siempre he pensado que, así como no nace el hombre que escape a su destino, no debiera nacer quien no tenga una causa por la cual luchar, justificando su paso por la vida. Di Giovanni fue un idealista, equivocado o no, y es respetable para los que luchamos por una causa que tampoco podemos saber si es la verdad».

Camino a la muerte[editar]

  • «El condenado camina como un pato. Los pies aherrojados con una barra de hierro a las esposas que amarran las manos. Atraviesa la franja de adoquinado rústico. Algunos espectadores se ríen. ¿Zoncera? ¿Nerviosidad? ¡Quién sabe! El reo se sienta reposadamente en el banquillo. Apoya la espalda y saca pecho. Mira arriba. Luego se inclina y parece, con las manos abandonadas entre las rodillas abiertas, un hombre que cuida el fuego mientras se calienta agua para tomar el mate. Permanece así cuatro segundos. Un suboficial le cruza una soga al pecho, para que cuando los proyectiles lo maten no ruede por tierra. Di Giovanni gira la cabeza de derecha a izquierda y se deja amarrar. Ha formado el blanco pelotón fusilero. El suboficial quiere vendar al condenado. Éste grita: “Venda no”.
    Mira tiesamente a los ejecutores. Emana voluntad. Si sufre o no, es un secreto. Pero permanece así, tieso, orgulloso. Di Giovanni permanece recto, apoyada la espalda en el respaldar. Sobre su cabeza, en una franja de muralla gris, se mueven piernas de soldados. Saca pecho. ¿Será para recibir las balas?
    Pelotón, firme. Apunten.
    La voz del reo estalla metálica, vibrante:
    — ¡Viva la anarquía!
    ¡Fuego!
    Resplandor subitáneo. Un cuerpo recio se ha convertido en una doblada lámina de papel. Las balas rompen la soga. El cuerpo cae de cabeza y queda en el pasto verde con las manos tocando las rodillas. Fogonazo del tiro de gracia.
    Las balas han escrito la última palabra en el cuerpo del reo. El rostro permanece sereno. Pálido. Los ojos entreabiertos. Un herrero martillea a los pies del cadáver. Quita los remaches del grillete y de la barra de hierro. Un médico lo observa. Certifica que el condenado ha muerto. Un señor, que ha venido de frac y con zapatos de baile, se retira con la galera en la coronilla. Parece que saliera del cabaret. Otro dice una mala palabra.
    Veo cuatro muchachos pálidos como muertos y desfigurados que se muerden los labios; son: Gauna, de La Razón, Álvarez, de Última Hora, Enrique González Tuñón, de Crítica y Gómez de El Mundo. Yo estoy como borracho. Pienso en los que se reían. Pienso que a la entrada de la Penitenciaría debería ponerse un cartel que rezara:
    — Está prohibido reírse.
    — Está prohibido concurrir con zapatos de baile».

Referencias[editar]

  1. (1974) «I: Faccia a faccia col nemico» Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Planeta, 4.
  2. (1974) «Notas» Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Planeta, 407.
  3. (1974) «IX: Ante el tribunal de los compañeros» Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Planeta, 229.
  4. (1974) «III: El obstinado camino hacia la tragedia» Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Planeta, 60.
  5. https://www.youtube.com/watch?v=Oo5ESGVVjAQ&t=3306s
  6. https://www.youtube.com/watch?v=Oo5ESGVVjAQ&t=3306s
  7. (1974) «III: El obstinado camino hacia la tragedia» Severino Di Giovanni, el idealista de la violencia, Planeta, 64 y 65.
  8. Carta de Juan Domingo Perón a Osvaldo Bayer del 15 de marzo de 1971, en Osvaldo Bayer, “Historia: investigación y frivolidad”, en Crisis, nº 48, noviembre de 1986, compilado en Osvaldo Bayer, Entredichos. 30 años de polémicas, Buenos Aires, Página 12, 2009, p. 180.
  9. Roberto Arlt, Obras completas, Buenos Aires, Omeba, 1981, en PIGNA, Felipe, Los Mitos de la Historia Argentina 3, Buenos Aires, Editorial Planeta, año 2006.

Enlaces externos[editar]