Discusión:Francisco Ibáñez

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Fragmento demasiado largo[editar]

He borrado el siguiente fragmento (puede que artículo al completo) de la entrada de Ibañez por ser exageradamente largo. La dejo aquí por si alguien quiere extraer alguna cita de ella para la entrada:

  • Que lo de Mortadelo fue un error, eso lo saben hasta los negros (hutos inclusos); y los primeros en lamentarlo somos los forofos del Niño Prudencio (sí, el del pegamento Uhu), los defensores de Pepsi Man (sí, el de la Pepsi Cola), los eufóricos de aquellas series dispersas, que no perdidas, como Claro que... y otras (colectivas o singulares, da igual: sus mejores trabajos).
Y fue un error porque los estropicios -su fama, más bien- del Mortadelo eclip-saron al resto de los personajes precedentes; borraron -o, si acaso, ensombrecieron-, sin premeditación, sin alevosía, la creatividad de las situaciones posteriores; o, si ustedes lo prefieren, a la viceversa. Entre los primeros, los personajes (no muchos, bien es cierto, pues Mortadelo llegó pronto en el listado de nacimientos), los había, creo yo, muy superio-res a la famosa pareja de detectives privados: Don Usura, Kololo, La Familia Repollino, El Coleccionista de Relojes, Melenas... Y entre las situaciones (no nos hace falta que los acaendémicos nos autoricen el término “gags”), mogollón de ellas eran más ingeniosas, más dispares, más novedosas, me parece: las de La Familia Trapisonda, Rompetechos, Godofredo y Pascualino, El Arca de Noé, Doña Pura y Doña Pepa, Pepe Cohete, El Doctor Esparadrapo... y hasta las de su ayudante Gazapo.
Y la misma cosa pasa, lo de la castración y a vueltas con la enturbiadora fa-ma, con El Botones Sacarino, Pepe Gotera y Otilio o 13 rúe del Percebe. Y es que el mal asunto explota cuando se establece la lucha por el raquítico mercado de álbumes (monografías); ya saben, la idea aquella, hacia 1971, de las aventuras largas; quiero decir que la infección de las prisas, el bacilo de la suplantación negrera, la bacteria del bochorno del tampón firmante, el amarraco de galeote al duro banco (en este caso, nada turquesa la galera), todo ello llegó por la presión de la industria. La industria, el padre insaciable y sa-turnal: su voracidad, engulló al vasallo, acabó con la creatividad de Ibáñez, un gran fabulador, un más que excelente narrador que se bautizó con las mismas sales (o parejas o parecidas, pero siempre ejemplares) que las de algún genio del Benelux. La epidemia, decía, de lo de encuadernar aventuras, ya con protector cartoné (Alegres Historietas; Ases del Humor) ya con barata, pero oportuna y eficiente rústica (Olé), aceleró el desastre: la idea era potable, salvadora, agradecida, en fin, como todo, si no se abusa; pues ahí estaban (próximos), por ejemplo y al acabar los cuarenta, aquellos leves apuntes (deliciosos, sugerentes, estéticos), aquellos antecesores de la propia familia (Magos del Lápiz; Magos de la Risa), incluso, alguno ajeno y paralelo (Humor de Bolsillo). A menor escala, de acuerdo, pero monografías (álbumes) al fin.
Y se pasó de la aventura monofacial, de a una sola página (o de a dos; incluso de a cuatro, no sé, apúrenme) a la saga de cuarenta y muchas o más. Que en algunos casos, no lo niego, funcionó, sobre todo al principio, pero que forzó la máquina y la inundación se nos llevó hasta la última sartén (y, primero, las tacitas de la abuela). De la cascada, ay, se pasó a la catarata; y con la catarata se naufragó; y nos cegaron. Y la costumbre tornóse en rutina; y las nubes de polvo trajeron los fangos; el resto, lo conocen ustedes tanto como yo (qué digo tanto, mejor que yo). Quince años después del primer número de Olé (y más de treinta desde que arrancó en su carrera Ibáñez), aconteció lo de Chicho, Tato y Clodoveo, lo de Rebolling Street y demás; y, se diga lo que se diga, Ibáñez tuvo sus redaños, los su-yos, que no los de las asambleas de dibujantes, los sindicatos fantasmas (¿fantasmones?). Pero la estructura de Bruguera, su selva, más bien, el ejemplo (el mal ejemplo industrial), la doctrina del expolio, envolvió las armazones de Junior y, en todo aquel despojo, sobre el yerbajo intruso, se solaza ahora, con el esfuerzo ajeno, la más que tambaleante ruina de Zeta y sus filiales. A Ibáñez, claro está, poco le importa: cuando todo se desplome podrá seguir solo. Al fin y al cabo su esfuerzo es suyo, sus personajes son suyos, sus derechos son suyos (está en su derecho).
Y, además, siempre le quedará Paris o Bankunion, no sé: puede desempolvar su brillante forma de enfocar la historieta publicitaria, puede retornar al coñá que mejor sabe y resucitar a Don Pedrito, que estaba como nunca.
  • Jesús Cuadrado en Wopitti Whop!, núm.7,Castelló, octubre de 1995.

Dud3 - 15:23 17 nov 2010 (UTC)