Historia de dos ciudades

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Historia de dos ciudades
Obra original
Título original A Tale of Two Cities
Autor Charles Dickens
Editorial Chapman & Hall
Publicación 1859 (hace 158 años)
Idioma inglés
País Inglaterra
Género Novela histórica, novela social
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Historia de dos ciudades es una novela histórica de Charles Dickens, publicada en 1859, ambientada en la Revolución francesa.

Citas[editar]

Charles Dickens- A Tale of Two Cities-With Illustrations by H K Browne, 1859.jpg
  • "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos en derechura al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo."
    • Párrafo que abre el libro; es una de las frases más recordadas y citadas de la literatura.
  • "Tenga presente que si cometo un error, lo que me ocurre algunas veces, no habrá en el mundo quien sea capaz de repararlo."
    • Guarda de la diligencia de Dover
  • "Lo que sí te aseguro, Jerry, es que si resucitar se pusiese de moda, estarías en el mayor de los aprietos en que has estado en toda tu endiablada vida."
    • Jerry
  • "De mi puedo decir que mi mayor deseo sería olvidar que de él formo parte. Ni el mundo tiene algo bueno"
    • Charles Darnay
  • "Para quien se toma el trabajo de reflexionar sobre este punto, es muy sorprendente que los hombres estén hechos de tal modo que constituyen un misterio insondable los unos para los otros."
    • Oración de apertura del capitulo III -"Las sombras de la noche"-, del libro primero.
  • "Es probable que las sombras de la noche se revelaran a estos señores, como al emisario y a su caballo, bajo la forma que les sugerían sus recelos y sus párpados hinchados por el sueño."
    • del capitulo III -"LAS SOMBRAS DE LA NOCHE"-, del libro primero.
  • "—¡Me gusta la pregunta! —Replicó la mujer robusta—. Si estaba destinada a cruzar el mar, ¿cree que la Providencia me hubiera hecho nacer en una isla?."
    • del capitulo IV -"LOS PREPARATIVOS"-, del libro primero.
  • "La voz tenía un tono desgarrador y horrible; no era la debilidad que resulta del enflaquecimiento físico, aunque hubieran contribuido a ella en gran parte los padecimientos, sino la que se contrae en la soledad y procede del prolongado silencio."
    • del encuentro con 'el resucitado' en la buhardilla. Capitulo VI -"EL ZAPATERO"-, del libro primero.
  • "Es verdad que el país sigue con sus hijos el mismo principio que Tellsone, y deshereda a los que comenten el error de pensar en la transformación de las antiguas leyes y costumbres, reconocidas como malas hace mucho tiempo, pero que por eso mismo son más respetables."
    • del Capitulo I -"CINCO AÑOS DESPUÉS"-, del libro segundo.
  • "... que las tres cuartas partes de las notas que componen la escala del crimen eran condenadas a muerte. Y, sin embargo, este rigor no producía el menor efecto preventivo, pues por el contrario -y esto es digno de observarse- los crímenes eran más numerosos; pero el sistema tenía la ventaja de zanjar rápidamente la cuestión, de ahorrar a los magistrados el trabajo de estudiar las causas, y de eliminar la necesidad de ocuparse más de los individuos, más o menos importante, que se desechaban al otro mundo."
    • acerca de la pena de Muerte, 'de moda' entre todos los comercios y profesiones de la época. del Capitulo I -"CINCO AÑOS DESPUÉS"-, del libro segundo.
  • "Ningún funcionario, a despecho de todas las matemáticas, habría podido calcular la altura de las horcas que se convertirían en el agua capaz de apagar el incendio.
  • Por tenebroso que fuese el porvenir, era, sin embargo, desconocido, y en su oscuridad se cobijaba la esperanza de la ignorancia. Las horribles masacres que, apenas un par de vueltas de reloj, habrían de dejar su huella a sangre, a lo largo de noches y días, en la sagrada época de la cosecha, le eran tan desconocidas como si se hubieran producido cien mil años antes. Apenas conocía, y como él mucha gente, el nombre de <ese afilado retoño> que acababa de nacer y al que habían llamado Guillotina. Es probable que los tremendos actos que iban a cometerse ni siquiera los adivinasen los hombres que debían ejecutarlos. ¿Cómo podían tener cabida en la brumosa imaginación de una mente noble?
  • Y, sin embargo, en virtud de una ley cuyos efectos contradictorios se observan en semejantes casos, el tiempo adquiría una duración tanto mayor cuanto más rápida parecía su fuga. Un tribunal revolucionario en París; cuarenta o cincuenta mil comités revolucionarios esparcidos por toda la superficie del territorio; una ley de sospechosos que amenazaba la libertad y la vida de todos y entregaba la inocencia y la honradez a merced del furor y del crimen; las cárceles atestadas de individuos inocentes cuyas quejas no eran oídas: tal era el orden vigente, y su aplicación parecía antigua, aunque apenas contara con algunos mese de existencia. Finalmente, dominándolo todo, una horrible figura desconocida hasta hacia poco, era tan familiar a todas las miradas como si hubiese existido desde la creación del mundo: la figura de una mujer afilada llamada Guillotina.
La carmañola.
  • Se volvían a dar las manos, se tomaban de la cabeza, se separaban uno a uno y dos a dos, y recomponiendo la rueda, la hacían girar en dirección inversa. Hubo una pausa. Cada cual siguió el compás con estrépito; la masa se dividió en filas a lo largo de la calle, y los bailarines de ambos sexos empezaron a correr con la cabeza baja y las manos levantadas, lanzando espantosos alaridos. Ningún combate podía ofrecer un espectacular tan desgarrador como esta diversión degenerada que pasaba de la inocencia a la embriaguez demoníaca, como este pasatiempo saludable convertido en un medio de excitar la sangre. de extraviar el alma y de endurecer el corazón. La gracia que no dejaba de tener lo hacia mas feo aun, y demostraba hasta que punto habían podido rebajarse y pervertirse las cosas mas puras. Aquel pecho virginal, del cual estaba desterrado el pudor, aquella linda cabeza casi infantil, estremecida por la convulsión de una alegría rencorosa, y aquel pie delicado bailando con paso ligero en el fango ensangrentado, representaban la demencia de aquella época desquiciada.
    • del baile de "la Carmañola".
  • La especie de fanatismo o de embriaguez que impulsó entonces a varias personas a desafiar orgullosamente a la guillotina y morir en ella no era una simple fanfarronería sino el efecto contagioso del frenesí colectivo. Se ha visto en tiempos de peste que ciertos individuos se ven atraídos por el mal en medio del vértigo y desean la muerte, y todos tenemos misterios ocultos en nuestro pecho que, para manifestarse, necesitan una circunstancia que los evoque.