Paulina Bonaparte

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Paulina Bonaparte
Antonio Canova. Retrato de Paulina Bonaparte como Venus victoriosa. Galería Borghese, Roma.
Antonio Canova. Retrato de Paulina Bonaparte como Venus victoriosa. Galería Borghese, Roma.
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Paulina Bonaparte (Ajaccio –Córcega–, 20 de octubre de 1780-Florencia –Gran Ducado de Toscana–, 9 de junio de 1825) fue una noble francesa, hermana predilecta de Napoleón Bonaparte, célebre por sus continuas relaciones amorosas, así como por posar semidesnuda para la Venus victoriosa (1805-1808) del escultor italiano Antonio Canova.

Citas[editar]

  • «La chimenea estaba encendida».[1]
  • «Mi querida señora, no olvide que hacía calor en la habitación».[2]
  • «¡Oh, no te preocupes, mamá! La chimenea de la habitación estaba encendida».[3]
Nota: A la pregunta sobre cómo se había atrevido a posar desnuda para la Venus victoriosa de Canova.

Sobre Paulina Bonaparte[editar]

  • «Al alba, el vigía descubrió, con grato desasosiego, la presencia de una mujer desnuda, dormida sobre una vela doblada, a la sombra del foque de mesana. Creyendo que se trataba de una de las cameristas, estuvo a punto de deslizarse hacia ella por una maroma. Pero un gesto de la durmiente, anunciador del pronto despertar, le reveló que contemplaba el cuerpo de Paulina Bonaparte. Ella se froto los ojos, riendo como un niño, toda erizada por el alisio mañanero, y, creyéndose protegida de las miradas por las lonas que le ocultaban el resto de la cubierta, se vació varios baldes de agua dulce sobre los hombros. Desde aquella noche durmió siempre al aire libre, y de tantos fue conocido su generoso descuido que hasta el seco Monsieur d'Esmenard, encargado de organizar la policía represiva de Santo Domingo, llegó a soñar despierto ante su academia, evocando en su honor la Galatea de los griegos».[4]
  • «Al amparo de los tamarindos, había hecho cavar una piscina revestida de mosaico azul, en la que se bañaba desnuda. Al principio se hacía dar masajes por sus cameristas francesas; pero pensó un día que la mano de un hombre sería más vigorosa y ancha, y se aseguró los servicios de Solimán, antiguo camarero de una casa de baño, quien, además de cuidar de su cuerpo, la frotaba con cremas de almendra, la depilaba y le pulía las uñas de los pies».[5]
  • «Hay una fotografía histórica que querría tener ahora para ilustrar estas líneas. Es una imagen que vale más que mil palabras de mil libros. Hitler y Mussolini, delante de otros hombres uniformados, contemplan en silencio a la princesa. Mussolini se apoya reciamente en la barra que sirve para separar a la estatua de los visitantes, como se apoyaba en la balaustrada del balcón de Venecia para arengar a la multitud. Hitler tiene las manos juntas y cruzadas sobre el vientre, con aquella postura, muy habitual en él, de muchacho que no ha roto un plato. Según miramos la fotografía, los dos dictadores están ante nosotros, y tenemos a Paulina de espaldas. Parece la rama de una espalda que cae».[6]
  • «La experiencia tropical de Paulina Bonaparte, que se hace masajear desnuda por un esclavo negro, cobra un significado muy superior al de su mero pintoresquismo sensual: nos presenta, personificados, el choque de dos mundos distintos, separados por un abismo cultural aunque Solimán y la hermana de Napoleón se miren y se toquen –las contenidamente ansiosas manos del negro (atormentado en secreto por el deseo (que Paulina adivina y disfruta)–, palpando el cuerpo como de mármol de la mujer blanca, mientras ella tal vez piensa en el guapo oficial francés al que se entregará esa noche».[7]
  • «La muerte de Leclerc, agarrado por el vómito negro, llevó a Paulina a los umbrales de la demencia. Ahora el trópico se le hacía abominable, con sus buitres pacientes que se instalaban en los techos de las casas donde alguien sudaba la agonía. Luego de hacer colocar el cadáver de su esposo, vestido con uniforme de gala, dentro de una caja de madera de cedro, Paulina se embarcó presurosamente a bordo del Swítshure, enflaquecida, ojerosa, con el pecho cubierto de escapularios».[8]
  • «Y así iba pasando el tiempo, entre siestas y desperezos, creyéndose un poco Virginia, un poco Atala, a pesar de que a veces, cuando Leclerc andaba por el sur, se solazara con el ardor juvenil de algún guapo oficial».[9]

Referencias[editar]

  1. Ríos González, José Antonio. Roma, andar y ver. Visión Libros.  p. 127. 
  2. Spruce, Richard (2014). Notes of a Botanist on the Amazon and Andes. Cambridge University Press. ISBN 978-1108069212. 
  3. Balanso, Juan (26 oct. 1969). Paulina Bonaparte. Princesa Borghese. Madrid: ABC.  p. 153. 
  4. Carpentier, Alejo (1949). El reino de este mundo.  p. 26. 
  5. Carpentier, Alejo (1949). El reino de este mundo.  p. 26. 
  6. García Nieto, José (13 jun. 1980). Paulina, en la primavera. Madrid: ABC.  p. 3. 
  7. Carpentier, Alejo (1993), Obras escogidas, 9-10.
  8. Carpentier, Alejo (1949). El reino de este mundo.  p. 28. 
  9. Carpentier, Alejo (1949). El reino de este mundo.  p. 28.