La edad de la razón

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Portada de la primera edición de La edad de la razón.

La edad de la razón es un texto deísta escrito por Thomas Paine y publicado en tres volúmenes (1794, 1795 y 1807). Éste texto provocó un resurgimiento deísta en América, sin embargo, en Europa fue recibido con mayor hostilidad debido al radicalismo y las guerras provocadas por la Iglesia y Francia, que en ese momento se encontraba en las Guerras Revolucionarias Francesas dirigidas por Napoleón Bonaparte.

Citas[editar]

E[editar]

  • María fue sólo una infeliz mujer desafortunada: " es la historia de una joven prometida en matrimonio, y durante este compromiso, hablando en un lenguaje sencillo, es pervertida por un fantasma " .[1]

L[editar]

  • " La Biblia de los deístas, dice, no debe ser una invención humana como la Biblia, sino más bien una invención divina: la Creación " .[2]
  • " La edad de la razón tal vez podría llamarse más elocuente y adecuadamente La edad del ridículo, porque era el ridículo, no la razón, el que ponía en peligro a la Iglesia " .[3]
  • " La forma de escribir insinuante y amenazadora que fue utilizada antiguamente en asuntos de este tipo [religión] producía escepticismo, pero no convicción. Es necesario ser audaces. Con algunas personas puede razonarse para que comprendan; a otras hay que conmocionarlas para lo mismo. Di algo audaz que las haga titubear, y ellos comenzarán a pensar " .[4]
  • " La teoría cristiana es poco más que la idolatría de los antiguos adoradores de mitos, acomodada al poder y sus beneficios " .[5]

R[editar]

  • " Revelación para la primera persona y rumores para todos los demás y, por tanto, no están obligados a creerla " .[6]


Frases largas[editar]

En una carta dirigida a Elihu Palmer, uno de sus más fieles seguidores en los Estados Unidos, Paine describe parte de su filosofía retórica:

La forma de escribir insinuante y amenazadora que fue utilizada antiguamente en asuntos de este tipo [religión] producía escepticismo, pero no convicción. Es necesario ser audaces. Con algunas personas puede razonarse para que comprendan; a otras hay que conmocionarlas para lo mismo. Di algo audaz que las haga titubear, y ellos comenzarán a pensar.[7]

Credo[editar]

«Creo en un solo Dios, uno solo, y espero la felicidad más allá de esta vida. Creo en la igualdad entre hombres y creo que los deberes religiosos consisten en hacer la justicia, amar la caridad, y esforzarse en hacer feliz al prójimo. Sin embargo, a fin de que no se pueda pensar que creo en otras muchas cosas aparte de éstas, yo, en el curso de esta obra, también expongo las cosas en las que no creo, y mis razones para no creerlas. Yo no creo en la fe profesada por la iglesia judía, la iglesia romana, la iglesia griega, la iglesia turca, la iglesia protestante, ni ninguna otra iglesia de la que tenga conocimiento. Mi propia mente es mi propia iglesia. Todas las iglesias de las instituciones nacionales, judía, cristiana o turca, no me parecen más que inventos humanos establecidos para aterrorizar y esclavizar la humanidad, y monopolizar el poder y para su beneficio. No tengo la intención de decir que condeno a los que creen lo contrario, pues tienen el mismo derecho a sus creencias como yo a las mías. Sin embargo, es necesario para la felicidad del hombre el ser mentalmente fiel a sí mismo. La infidelidad no se basa en las creencias, o la falta de ellas, consiste en profesar una fe que no se tiene.»[8]

La Caída, lenguaje vulgar[editar]

«Los mitólogos cristianos, después de haber confinado a Satanás en un hoyo, se vieron obligados a dejarlo escapar para poder continuar la fábula. A continuación, es introducido en el Jardín del Edén, con forma de serpiente, y de ese modo entabla una conversación coloquial con Eva, quien no se sorprende al oír hablar a una serpiente, y el tema de esta charla es persuadirla a comer una manzana, y el comer esa manzana condena a toda la humanidad. Después de este triunfo de Satanás sobre toda la Creación, uno habría esperado que los mitólogos de la Iglesia habrían tenido la amabilidad de enviarlo de nuevo a una fosa, o, en caso de no hacerlo, que hubieran puesto una montaña sobre él (porque dicen que su fe puede mover montañas), o [que le pusieran a él] bajo una montaña, como habían hecho los mitólogos pasados, para evitar tenerlo de nuevo entre las mujeres y causar más daño. Pero en lugar de ello lo dejaron en libertad, sin ni siquiera obligarlo a dar su palabra de honor. El secreto de esto es que no podían hacer nada sin él, y después de haberse tomado la molestia de crearlo, le sobornaron para que permaneciera. Ellos le prometieron que serían suyos TODOS los Judíos, a TODOS los turcos de antemano, junto a nueve décimas partes del mundo y añadiendo a Mahoma en la oferta. Después de esto, ¿quién puede poner en duda el don de la mitología cristiana? Tras haber organizado una insurrección y una batalla en el cielo, en la que ninguno de los combatientes podría caer muerto o herido —pusieron a Satanás en el hoyo, le dejaron salir otra vez, le dieron el triunfo sobre toda la creación, condenaron a toda la humanidad por comer una manzana—, los mitologistas cristianos unieron los dos extremos de su fábula. Entonces, presentan a este virtuoso y amable hombre, Jesucristo, para que sea a la vez Dios y hombre, y también el Hijo de Dios, engendrado celestialmente, a fin de que se le sacrifique, porque dicen que Eva, en su deseo, había comido una manzana».[9]

Opinión personal de Paine[editar]

«Poco tiempo después de publicarse en América mi folleto titulado El sentido común, he visto que los posibles excesos de una revolución que afecte al sistema de gobierno, conducirán a una revolución del sistema religioso. La relación adúltera entre la Iglesia y el Estado, dondequiera ha tenido lugar, [...] ha prohibido de manera tan eficaz, mediante sanciones y castigos, cualquier discusión acerca de los principios de la religión, que, hasta que el sistema de gobierno no sea cambiado; estas cuestiones no podrán ser tratadas de manera leal y abierta ante el mundo, sin embargo, si esto llegara a suceder, debe generar una revolución en la organización de la religión. Se desenmascararían las invenciones humanas y el poder sacerdotal (Priestcraft) y el hombre regresaría a la creencia pura, sin mezcla, sin adulteración, en un solo Dios, y en nada más».[10]

Ha sido mi intención, desde hace varios años, publicar mis pensamientos sobre la religión... Los acontecimientos que tienen lugar en Francia, como la abolición total de todas las órdenes nacionales de sacerdocio y de todo lo perteneciente a sistemas coercitivos de religión y a artículos de fe coercitivos, no sólo ha precipitado mi decisión, sino que también hace sumamente necesaria una obra de este tipo, a fin de que el naufragio general de la superstición, los falsos sistemas de gobierno y la falsa teología no nos haga perder de vista el sentido moral, los sentimientos humanitarios y la verdadera teología.[11]

Publicación de la tercera parte[editar]

Paine no pudo publicar la tercera parte del libro en Estados Unidos hasta 1807, debido a la profunda antipatía que había despertado. Aclamado sólo unos pocos años antes como héroe de la Revolución Americana, Paine ahora era vapuleado por la prensa y se le llamaba «el carroñero de su facción», «pícaro gallina y sínico [sic]» (lilly-livered sinical [sic] rogue), un «repugnante reptil», una «archibestia semihumana», «un objeto de disgusto, de horror, de aborrecimiento absoluto para todo hombre decente, salvo el Presidente de los Estados Unidos Thomas Jefferson».[12]

Contra la edad de la razón[editar]

John Adams[editar]

En octubre de 1805, John Adams escribió a su amigo Benjamin Waterhouse, un médico y científico:

Admito que usted deba llamar a ésta la Edad de la Frivolidad como lo hace, y no tendría objeciones si usted la hubiese llamado la Edad de la Locura, el Vicio, el Frenesí, la Brutalidad, los Demonios, Buonaparte [sic], Tom Paine, o la Edad del Sellado del Pozo Sin Fondo, o cualquier cosa menos La Edad de la Razón. No sé si algún hombre en el mundo ha tenido más influencia sobre sus habitantes o sus asuntos en los últimos treinta años que Tom Paine. No puede haber sátira más severa de la edad. Por tal chucho entre cerdo y cachorro, engendrado por un jabalí salvaje en una loba perra, nunca antes en ninguna edad del mundo se ha sufrido la poltronería de la humanidad pasando a través de semejante carrera de malicia. Llámela entonces La Edad de Paine.[13]

Bertrand Rusell[editar]

Ya en el siglo XX, el filósofo inglés Bertrand Russell escribió sobre la obra:

Dicho libro escandalizó a sus contemporáneos, incluso a muchos que estaban de acuerdo con su política. En la actualidad, aparte de algunos pasajes de mal gusto, en él hay poca cosa que no apoye la mayoría de los sacerdotes de esta época (...) Se ha olvidado aún más completamente que los hombres como Paine son los que consiguieron, haciendo frente a la persecución, la moderación del dogma de que ahora disfrutamos.[14]

Obispo Watson[editar]

Significativamente, en su Apology, Watson amonesta directamente a Paine por su tono escarnecedor:

No deseo atribuir malos designios, deliberada maldad, a usted o a cualquier hombre. No puedo evitar pensar que usted piensa que tiene la verdad de su lado, y que está prestando un servicio a la humanidad esforzándose en erradicar lo que estima como superstición. Aquello de lo que le culpo es esto: que usted ha tratado de disminuir la autoridad de la Biblia por medio del ridículo, más que por la razón.[15]

Referencias[editar]

  1. Paine, The Age of Reason (1974), p. 156; ver también Claeys, pp. 102-103.
  2. Paine, The age of reason (1974), p. 185.
  3. Redwood, 196.
  4. Clark, 317.
  5. Paine, The age of rason (1974), p. 53. Vers. francesa: Le Siècle de la Raison, trad. Ayache et Pénicaud (2003), 37s.
  6. Paine, The age of reason (1974), p. 52. Vers. francesa: Le Siècle de la Raison, trad. Ayache et Pénicaud (2003), 35.
  7. Citado en Clark, 317.
  8. Paine, The Age of Reason (1974), p. 50.
  9. Paine, The Age of Reason (1974), 56.
  10. Paine, The age of reason (1974), 51. Vers. francesa: Le Siècle de la Raison, trad. Ayache et Pénicaud (2003), 33.
  11. Paine, The Age of Reason (1974), 49-50.
  12. Citado en Foner, «Introduction», The Age of Reason (1974), 40; véase también Claeys, 192.
  13. Citado en Hawke, 7.
  14. Russell, Bertrand: artículo «El destino de Thomas Paine» (1934) en Por qué no soy cristiano. Ed. Edhasa. Barcelona, 2007. ISBN 978-84-350-3475-3 p. 182-184
  15. Watson, 34.