John Reed

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John Reed (Portland, Oregón, 1887 - Moscú, U.R.S.S., 1920), periodista, dirigente obrero y activista comunista norteamericano. Fue uno de los fundadores del Partido Comunista de EE.UU. En 1911 viajó a México como corresponsal de guerra, entrevistó a Pancho Villa y Venustiano Carranza, dejando vertidas sus impresiones de la revolución mexicana en el libro México Insurgente. Dejó testimonios de los comienzos de la revolución rusa, la que presenció de cerca dado su amistad con Lenin, en su célebre libro Diez días que estremecieron al mundo. Estuvo casado con la escritora feminista norteamericana Louise Bryant.

John Reed

Citas[editar]

  • «Las blancas y polvorientas calles del pueblo, repletas de mugre y forraje, la antigua iglesia sin ventanas con sus tres enormes campanas españolas que colgaban de un travesaño exterior, y una nube de incienso azul que brotaba del agujero de la puerta en el campamento de las mujeres que seguían al ejército y rezaban día y noche para obtener la victoria, yacían bajo el ardiente y asfixiante sol. Cinco veces habían tomado y perdido Ojinaga. Difícilmente alguna casa conservaba el techo, y todas las paredes mostraban grandes aberturas hechas por las balas de cañón.»


  • «Para un mexicano es muy fácil ordenar un retrato, un piano, o un automóvil mientras no tenga que pagarlo. Esto le da una sensación de riqueza.»


  • «Algunas veces, un refugiado rico, con una buena cantidad de oro cosido a las mantas de su silla de montar atravesaba el río sin que los federales lo descubrieran. Había seis grandes y poderosos automóviles en Presidio esperando a tales víctimas. Les cobraban cien dólares en oro para llevarlos hasta el ferrocarril; y en el camino, en algún lugar desolado al sur de Marfa, era seguro que hombres enmascarados los asaltaran y les quitaran todo lo que llevaban encima.»


  • «–Todos somos tan pobres ahora –dijo–. Un poquito de agua, algunos frijoles, tortillas... es todo lo que comemos en esta casa...»


  • «—Sacerdotes sinvergüenzas —gritaba uno—. ¡Quién viene cuando estamos tan pobres y se lleva el diezmo de lo que tenemos!

—Y nosotros pagando un cuarto al gobierno por esta maldita guerra...»


  • «¿Iba a pelear con ellos? ¿De dónde era? ¿Qué estaba haciendo? La mayoría de ellos nunca había oído hablar de periodistas; uno de ellos arriesgó la oscura opinión de que yo era un gringo y un porfirista, de que debía ser fusilado. El resto, sin embargo, se opuso totalmente a este punto de vista. Era imposible que ningún porfirista pudiera tomar tanto sotol de un solo trago. Isidro Amayo contó que estuvo en una brigada durante la primera Revolución, en ella también iba un periodista, y que le llamaban corresponsal de guerra. ¿Me gustaba México?»


  • «—¿Qué me importan las órdenes? —chilló—. No queremos corresponsales. No queremos palabras impresas en un libro. Queremos rifles y matar, si morimos estaremos junto con los ángeles ¡cobarde! ¡huertista!...»


  • «Al amanecer me levanté al ruido de disparos, una trompeta vieja sonaba sin freno. Juan Sánchez estaba de pie frente al cuartel, tocando la diana; no sabía cuál era el toque de diana, así es que los tocaba todos. Patricio había lazado una res para el desayuno, el animal corrio jalando con fuerza hacia el desierto, con el caballo de Patricio corriendo a un lado. El resto de la tropa, sólo los ojos sobresalían de los sarapes, estaban arrodillados con sus rifles al hombro. ¡Crash! En ese aire tranquilo, el grandioso sonido de las pistolas rompía con enorme estruendo. La res jalaba de lado; su bramido nos llegaba desvanecido ¡crash! cayó de cabeza; sus patas se agitaron en el aire; la montura de Patricio saltó con violencia, su sarape se agitó como una bandera. Justo entonces el tremendo sol se levantó en todo su esplendor por el este, vertiendo claridad sobre la planicie desnuda como el mar...»


  • «–¡Agua! –gritamos gozosos, galopando colina abajo. Los caballos del coche ya estaban en el río con Patricio. Saltando de sus monturas, la tropa se arrojó sobre su estómago, hombres y caballos por igual metieron la cabeza, y bebimos, y bebimos... Fue la sensación más gloriosa que jamás haya experimentado.»


  • «–Estas son las últimas noticias para que lleven a su gente. Ya no habrán más palacios en México. Las tortillas del pobre son mejores que el pan del rico ¡vengan!...»


  • «—Mi familia no le debe nada a la Revolución dijo Gino con orgullo—. Otros han tomado dinero, caballos y vagones. Los jefes del ejército se han hecho ricos de la pobreza en las grandes haciendas. Los Güereca le habían dado todo a los maderistas, sin haber tomado nada más que mi rango...»


  • «—Mire, mi coronel —estalló Salazar con violencia inesperada—. Este señor es un espía. Todos los americanos son porfiristas y huertistas. Haga caso de esta advertencia antes de que sea demasiado tarde. Tengo mucho en la cabeza. Soy un hombre muy listo. Saque a este gringo y mátelo de inmediato o se arrepentirá.»


  • «Caminaba pesadamente en medio del polvo detrás del caballo del capitán Félix Romero. Ya llevaba trotando cuarenta kilómetros. El nunca le hablaba, nunca miraba hacia atrás, cabalgaba sin preocupación alguna. Algunas veces se cansaba de llevar su rifle y se lo daba a la chica on un descuidado: "Toma esto!" Después me enteré que cuando regresaron a La Cadena, pasada la batalla, para enterrar a los muertos, 61 la había encontrado deambulando sin rumbo fijo por toda la hacienda, como una demente, y que, necesitando una mujer, le había ordenado seguirlo. Lo que ella hizo, sin preguntar, siguiendo la costumbre de su sexo y su país.»


    • Fuente: John Reed, México insurgente, Ariel, Barcelona, 1967.


  • «Apresurémonos, amigos, a terminar la revolución; aquel que la prolongue demasiado no cosechará los frutos...»


  • «…los soldados trataban de resolver por sí mismos, desertando, la cuestión de la paz. Los campesinos quemaban las casas señoriales y se apoderaban de las grandes propiedades, los obreros saboteaban la industria y se declaraban en huelga...»


  • «Desde febrero de 1917, en que la multitud de obreros y soldados que venía como un mar embravecido a azotar contra los muros del Palacio de Táuride había obligado a la Duma imperial a asumir contra su gusto el poder supremo, fueron las masas populares, obreros, soldados y campesinos, las que imprimieron todos estos cambios a la dirección de la revolución. Fueron también ellas quienes derribaron al ministro Miliukov, y fue su Soviet quien lanzó al mundo los términos de la paz rusa: ni anexiones ni indemnizaciones: derecho de los pueblos a disponer de sí mismos.»


  • «La impotencia y la indecisión de este gobierno en perpetuo reajuste proporcionaba a los bolcheviques un argumento irrefutable. No tardaron, pues, de nuevo, en hacer resonar entre las masas su grito de guerra: «¡Todo el poder a los Soviets!» Y realmente no era la ambición personal la que los impulsaba, ya que, por entonces, la mayoría de los Soviets pertenecía a los socialistas «moderados», enemigos suyos encarnizados.»


  • «El invierno, el terrible invierno ruso, se aproximaba. Yo había oído decir a los hombres de negocios: «El invierno ha sido siempre el mejor amigo de Rusia. Acaso sea él quien nos libre de la revolución». En el frente, helado, los miserables ejércitos seguían padeciendo hambre y muriendo sin entusiasmo.»


  • «Los especuladores se aprovechaban del desorden general para amasar fortunas que dilapidaban en orgías fantásticas o en pagar a los funcionarios. Acaparaban stocks de víveres o de combustibles y los exportaban clandestinamente a Suecia. Durante los cuatro primeros meses de la revolución, las reservas de víveres de los grandes almacenes municipales de Petrogrado fueron saqueadas casi a la vista de todos, hasta el punto de que la reserva de trigo para dos años resultó casi insuficiente a las necesidades de un mes.»


  • «En esta atmósfera de corrupción y de monstruosas verdades a medias, sólo se oía una nota clara, el llamamiento de los bolcheviques, más penetrante cada día: «¡Todo el poder a los Soviets! ¡Todo el poder a los representantes directos de millones de obreros, soldados y campesinos! ¡Tierra y pan! ¡Que acabe la guerra insensata! ¡Abajo la diplomacia secreta, la especulación y la traición! ¡La revolución está en peligro, y con ella la causa de todos los pueblos!»


  • «Para conseguir leche, pan, azúcar o tabaco era preciso hacer cola durante horas bajo la lluvia glacial. Al salir de las reuniones nocturnas, yo he visto formarse estas colas, antes del alba, compuestas, sobre todo, de mujeres, algunas de las cuales llevaban a sus hijos en los brazos.»


  • «En el frente, los soldados continuaban su lucha contra los oficiales y aprendían en los comités a gobernarse a sí mismos. En los talleres, esas incomparables organizaciones que son los Comités de fábrica adquirían experiencia y fuerza y tomaban conciencia de su misión histórica de lucha contra el antiguo orden de cosas. Rusia entera aprendía a leer: leía asuntos de política, de economía, de historia, porque el pueblo tenía necesidad de saber. En cada ciudad, casi en cada aldea, en el frente, cada fracción política tenía su periódico y, a veces, muchos. Millares de organizaciones distribuían centenares de miles de folletos, inundando los ejércitos, las aldeas, las fábricas, las calles.»


  • «Los bolcheviques contestaron convocando a los Soviets para el 2 de noviembre en Petrogrado e invitándolos a tomar el poder. Al mismo tiempo, se retiraron del Consejo de la República, declarando que se negaban a formar parte de un gobierno que estaba traicionando al pueblo.»


  • «—¡Camaradas! —gritaba, y sus rasgos acusados y sus gestos desesperados expresaban una sincera angustia—. Los que ocupan el poder nos exigen sacrificio tras sacrificio; pero a los que todo lo poseen se les deja tranquilos... Estamos en guerra con Alemania. ¿Pedimos acaso nosotros a los generales alemanes que sirvan en nuestro Estado Mayor? Pues bien, estamos en guerra con los capitalistas y, sin embargo, les pedimos que nos gobiernen... El soldado quiere saber por qué y por quién lucha. ¿Por Constantinopla, por la liberación de Rusia, por la democracia o por los bandidos capitalistas? Demostradme que lucho por la revolución, y entonces marcharé y combatiré, sin necesidad de que se me amenace con la pena de muerte... Cuando la tierra pertenezca a los campesinos, las fábricas a los obreros y el poder a los Soviets, entonces sabremos que tenemos algo y combatiremos para salvarlo.»


  • «—Los oficiales no quieren colaborar con nuestros comités; nos venden al enemigo; aplican la pena de muerte a nuestros agitadores, y este gobierno de contrarrevolución los apoya... Esperamos que la revolución traerá la paz. Pero, ahora, el gobierno nos prohibe hablar, y, sin embargo, no nos da qué comer ni con qué pelear...»


  • «La vieja Rusia se descomponía rápidamente. En Ucrania, Finlandia, Polonia y Rusia blanca se hacían más fuertes y audaces los movimientos nacionalistas. Los gobiernos locales, dominados por las clases poseedoras, reclamaban la autonomía y se negaban a obedecer las órdenes de Petrogrado. En Helsingfors, la Cámara finlandesa se negó a hacer un empréstito al Gobierno provisional, proclamó la autonomía de Finlandia y exigió la retirada de las tropas rusas. En Kiev, la Rada burguesa extendió las fronteras de Ucrania hacia el Este, hasta los montes Urales, anexionándose los más ricos territorios agrícolas del Sur de Rusia, y comenzó a organizar un ejército nacional.»


  • «Cada día era más caótica la situación. Los soldados, desertando del frente por centenares de miles, retrocedían como una vasta marea y vagaban sin rumbo a través de todo el país. Los campesinos de las provincias de Tambov y Tver, cansados de esperar sus tierras y exasperados por las medidas represivas del gobierno, incendiaban las casas señoriales y asesinaban a los propietarios terratenientes. Huelgas y lock-outs inmensos sacudían a Moscú, Odesa y el distrito minero del Donetz. Los transportes se hallaban paralizados, eLejército moría de hambre y en las grandes ciudades faltaba el pan.»


  • «Frente a esta oposición se alzaba la voluntad, aún informe, del proletariado: obreros, simples soldados, campesinos pobres. Muchos Soviets locales eran ya bolcheviques, y además había las organizaciones de los obreros industriales, los comités de fábrica y las organizaciones revolucionarias del ejército y de la flota. En ciertos lugares, el pueblo, a quien se le impedía elegir sus delegados regularmente, improvisaba mítines parciales y elegía un representante para enviarlo a Petrogrado.»


  • «El programa del Rabotchi i Soldat es el mismo del Soviet de diputados obreros y soldados de Petrogrado, a saber:

¡Todo el poder a los Soviets en la capital y en las provincias! ¡Tregua inmediata en todos los frentes; paz leal entre los pueblos! ¡La tierra a los campesinos, sin indemnización a los terratenientes! ¡Una Asamblea Constituyente honradamente elegida!»


  • «Entonces se levantó un obrero con el rostro crispado de furor:

—Hablo en nombre del proletariado de Petrogrado —dijo con rudeza—. Nosotros estamos por la insurrección. Haced lo que queráis, pero os anuncio que, si dejáis aplastar a los Soviets, habréis acabado para nosotros. Algunos soldados se unieron a él... La insurrección se puso a votación de nuevo... Esta vez triunfó.»


  • «El hecho más importante en la vida actual de Rusia es la insurrección campesina... El movimiento de los campesinos en la provincia de Tambov ha sido una insurrección tanto en el sentido físico como en el sentido político de la palabra, una insurrección que ha dado resultados políticos magníficos, tales como, en primer lugar, el consentimiento a la entrega de tierras a los campesinos.»


  • «En los cuarteles, en las barriadas obreras, los bolcheviques difundían su consigna: "¡Todo el poder a los Soviets!", mientras que los agentes de la reacción invitaban taimadamente al pueblo a sublevarse y asesinar a los judíos, a los comerciantes y a los jefes socialistas.»


  • «Obreros armados patrullaban por la noche, persiguiendo a los ladrones y requisando todas las armas que encontraban.»


  • «Son los Soviets los que, del modo más perfecto, representan al pueblo, por su experiencia revolucionaria, sus ideas y sus fines. Apoyándose directamente en las tropas del frente, en los obreros de las fábricas y en el campo, los Soviets constituyen realmente la espina dorsal de la revolución. Se ha tratado de constituir el poder sin los Soviets: el resultado ha. sido la impotencia.»


  • «Mientras todo el mundo esperaba ver a los bolcheviques apoderarse por sorpresa de la calle y ponerse a disparar contra los ciudadanos de blancos cuellos postizos, la insurrección comenzó, en realidad, en pleno día y del modo más natural.»


  • «Lenin había dicho:

-El 6 de noviembre sería demasiado pronto. Es necesario que la insurrección se apoye en toda Rusia. Ahora bien, el 6 no habrán llegado aún todos los delegados al Congreso. Por otra parte, el 8 de noviembre sería -demasiado tarde. En esa fecha, estará organizado el Congreso y es difícil para una gran asamblea constituida tomar medidas rápidas y decisivas. Es el 7 cuando debemos proceder, o sea, el día de la apertura del Congreso, a fin de poderle decir: "Aquí está el poder. ¿Qué vais a hacer con él?"»


  • «Salí a la calle. Soplaba un viento frío y húmedo del Oeste; un barro helado atravesaba la suela de mis zapatos. Dos compañías de junkers, rígidos dentro de sus largos capotes, subían por la Morskaia, cantando a coro una de aquellas vigorosas canciones que los soldados entonaban en otro tiempo bajo el zar. Al llegar a la primera esquina de la calle, me di cuenta de que la milicia municipal estaba montada y armada con revólveres en nuevos y relucientes estuches. Un pequeño grupo de personas, asombradas, miraba en silencio. En la esquina de la Nevski compré un folleto de Lenin, ¿Podrán mantenerse en el poder los bolcheviques?, que pagué con uno de los timbres que servían entonces de moneda menuda.»


  • «El Soviet de Petrogrado estaba reunido noche y día. Al entrar yo en el gran salón, Trotzki terminaba su discurso: "Se nos pregunta -decía- si tenemos la intención de lanzarnos a la calle. Puedo dar una respuesta clara a esta pregunta. El Soviet de Petrogrado entiende que ha llegado, por fin, el momento de que el poder pase a manos de los Soviets. Esta transferencia del poder la llevará a cabo el Congreso de los Soviets de toda Rusia. ¿Será necesaria una acción armada? Eso dependerá de los que quieran oponerse al Congreso...»


  • «Los socialrevolucionarios mismos, por boca de Gotz, declararon:-Los bolcheviques hacen una política demagógica y criminal, explotando el descontento popular. Es preciso reconocer, sin embargo, que muchas reivindicaciones populares aún no han sido satisfechas... Las cuestiones de la paz, de la tierra, de la democratización del ejército deberían ser planteadas de tal manera que ningún soldado, ningún campesino, ningún obrero pudiese dudar de que el gobierno se esfuerza firmemente, decididamente, por resolverlas...»


  • «En la Mijailóvskaia un hombre que llevaba un paquete de periódicos fue asaltado por una multitud frenética, que ofrecía uno, cinco y hasta diez rublos, y arrebataba las hojas como los animales se disputan una presa. Era el periódico Rabotchi i Soldat, que anunciaba la victoria de la Revolución proletaria, la liberación de los bolcheviques todavía encarcelados y reclamaba la ayuda de los ejércitos del frente y la retaguardia: un pequeño y febril periódico de cuatro páginas, impreso en caracteres enormes y que no contenía noticia alguna...»


    • Fuente: John Reed, Diez días que estremecieron al mundo, Akal, Madrid, 1974.