El Aleph

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El Aleph (1943) es un libro de cuentos de Jorge Luis Borges.

Citas[editar]

El inmortal[editar]

  • «Este palacio es fábrica de los dioses, pensé primeramente. Exploré los inhabitados recintos y corregí: Los dioses que lo edificaron han muerto. Noté sus peculiaridades y dije: Los dioses que lo edificaron estabanlocos».[1]
  • «Fácilmente aceptamos la realidad, acaso porque intuimos que nada es real».[2]
  • «Ser inmortal es baladí; menos el hombre, todas las criaturas lo son, pues ignoran la muerte; lo divino, lo terrible, lo incomprensible, es saberse inmortal».[3]
  • «Israelitas, cristianos y musulmanes profesan la inmortalidad, pero la veneración que tributan al primer siglo prueba que sólo creen en él, ya que destinan todos los demás, en número infinito, a premiarlo o a castigarlo».[4]
  • «Como Cornelio Agrippa, soy dios, soy héroe, soy filósofo, soy demonio y soy mundo, lo cual es una fatigosa manera de decir que no soy».[5]
  • «La muerte (o su alusión) hace preciosos y patéticos a los hombres. Éstos se conmueven por su condición de fantasmas; cada acto que ejecutan puede ser el último; no hay rostro que no esté por desdibujarse como el rostro de un sueño. Todo, entre los mortales, tiene el valor de lo irrecuperable y de lo azaroso. Entre los Inmortales, en cambio, cada acto (y cada pensamiento) es el eco de otros que en el pasado lo antecedieron, sin principio visible, o el fiel presagio de otros que en el futuro lo repetirán hasta el vértigo. No hay cosa que no esté como perdida entre infatigables espejos. Nada puede ocurrir una sola vez, nada es preciosamente precario. Lo elegíaco, lo grave, lo ceremonial, no rigen para los Inmortales».[6]
  • «Yo he sido Homero; en breve, seré Nadie, como Ulises; en breve, seré todos: estaré muerto».[7]

Historia del guerrero y la cautiva[editar]

  • La figura del bárbaro que abraza la causa de Ravena, la figura de la mujer europea que opta por el desierto, pueden parecer antagónicos. Sin embargo, a los dos los arrebató un ímpetu secreto, un ímpetu más hondo que la razón, y los dos acataron ese ímpetu que no hubieran sabido justificar».[8]
  • «No en vano escribo esa palabra; la piedad por el hombre superior es el último pecado de Zarathustra».[9]
  • «Es una fórmula de catorce palabras casuales (que parecen casuales), y me bastaría decirla en voz alta para ser todopoderoso. Me bastaría decirla para abolir esta cárcel de piedra, para que el día entrara en mi noche, para ser joven, para ser inmortal, para que el tigre destrozara a Alvarado, para sumir el santo cuchillo en pechos españoles, para reconstruir la pirámide, para reconstruir el imperio. Cuarenta sílabas, catorce palabras, y yo, Tzinacán, regiría las tierras que rigió Moctezuma. Pero yo sé que nunca diré esas palabras, porque ya no me acuerdo de Tzinacán».[10]

Véase también[editar]

Referencias[editar]

  1. Borges (2011), El Aleph.
  2. Borges (2011), El Aleph.
  3. Borges (2011), El Aleph.
  4. Borges (2011), El Aleph.
  5. Borges (2011), El Aleph.
  6. Borges (2011), El Aleph.
  7. Borges (2011), El Aleph.
  8. Pérez Bernal, Rosario. Borges y los arquetipos: interpretación de tres textos de El Aleph según la teoría junguiana. Editorial Plaza y Valdes, 2002. ISBN 9789707220539, p. 112.
  9. Referencia a Así habló Zaratustra
  10. Según el contexto, Tzinacán es un sacerdote Azteca durante la Conquista de México y Alvarado es como se expresa de Pedro de Alvarado, uno de los autores de la Matanza del Templo Mayor.

Bibliografía[editar]