Isadora Duncan

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Angela Isadora Duncan, más conocida como Isadora Duncan (San Francisco, Estados Unidos, 27 de mayo de 1877 - Niza, Francia, 14 de septiembre de 1927) fue una extraordinaria bailarina y coreógrafa estadounidense, considerada la creadora de la danza moderna. Era atea, socialista y bisexual, e hizo toda su vida apología del amor libre. Tuvo muchos romances, entre ellos el escenógrafo ingles Edward Gordon Craig, de cuya relación nació su primera hija Deirdre, y el millonario Paris Singer, heredero de las maquinas de coser Singer, con quien tuvo su hijo Patrick. Otros amantes conocidos fueron Ivan Miroski, Oscar Berege y Heinrich Thode. Se le atribuyeron romances no confirmados con mujeres, tales como Mercedes de Acosta, la escritora Natalie Barney y la actriz Eleonora Duse. Su único matrimonio legítimo fue con el poeta ruso Serguei Esenin, diecisiete años menor que ella, de quien se separó poco tiempo después porque era alcohólico y violento. Su vida estuvo signada por la tragedia, primero por la pérdida de sus hijos, y luego por su extraña y trágica muerte.

Citas[editar]

  • «Ninguna mujer ha dicho toda la verdad de su vida».


  • «Mi arte es precisamente un esfuerzo que tiende a expresar, en gestos y movimientos, la verdad de mi Ser. He necesitado muchos años para encontrar el más pequeño movimiento absolutamente verdadero».


  • «Desde el primer momento no he hecho sino bailar mi vida».


  • «Algunas veces se me ha preguntado si creía yo que el amor era superior al arte, y he contestado que no podía separarlos, porque el artista es el amante único, el único amante que tiene la pura visión de la belleza, y amor es la visión del alma al contemplar la belleza inmortal».


  • «Nací a la orilla del mar, y he advertido que todos los grandes acontecimientos de mi vida han ocurrido junto al mar. Mi primera idea del movimiento y de la danza me ha venido seguramente del ritmo de las olas. Nací bajo la estrella de Afrodita –Afrodita, que nació también del mar».


  • «Tengo que agradecer al hecho de que, siendo yo joven, fuera pobre mi madre. No podía tener sirvientes ni ayas para sus hijos, y a esto debo la vida espontánea que pude expresar siendo niña, y que no he perdido nunca».


  • «Antes de que yo naciera, mi madre sufría una gran crisis espiritual: su situación era trágica. No podía tomar ningún alimento, excepto ostra y champaña helados. Si se me preguntara cuándo empece a bailar, contestaría: ‘En el seno de mi madre, probablemente por efecto de las ostras y del champaña –el alimento de Afrodita–’».


  • «¡Qué lástima me dan los niños seguidos constantemente por sus ayas, constantemente protegidos, cuidados y vestidos con elegancia! ¿Qué vida es la suya?».


  • «No recuerdo de ningún sufrimiento que tuviera por causa la pobreza de nuestro hogar. A nosotros nos parecía muy natural esa pobreza. Donde yo sufría era en la escuela únicamente. Para un niño sensible y orgulloso, el sistema de la escuela pública es tan humillante como el de un penal. Yo siempre estaba en rebeldía».


  • «Me impresionó profundamente la injusticia que padecían las mujeres, y relacionando mis lecturas con la historia de mi padre y de mi madre, decidí, de una vez para siempre, que consagraría mi vida a luchar contra el matrimonio y a favor de la emancipación de la mujer y de los derechos de toda mujer a tener uno o varios hijos cuando le plazca, sin mengua de su honor».


  • «Me informé de las leyes matrimoniales y me indignó la condición de esclava que se adjudicaba a la mujer».
Isadora Duncan bailando en el Teatro de Dionisios en Atenas


  • «Cuando oigo a los padres de familia que trabajan para dejar una herencia a sus hijos, me pregunto si se darán cuenta de que, por ese camino, contribuyen a sofocar el espíritu de aventura de sus vástagos».


  • «La mejor herencia consiste en dar a los niños la mayor libertad para desenvolverse por sí mismos».


  • «Mi arte estaba en mí, cuando era niña, y si no quedó ahogado fue gracias al espíritu heroico y aventurero de mi madre. Estoy convencida de que todo lo que hombre hace en la vida empieza cuando se es muy niño».


  • «Cuando podía escaparme de la prisión de la escuela, era libre; podía vagar sola, a la orilla del mar, y seguir mi fantasía».


  • «En aquella época me resultaba difícil comprender por qué, habiendo despertado tal frenesí de entusiasmo y admiración en hombres como Andrew Lang, Watts, sir Edwin Arnold, Austin Dobson, Carlos Hallé y todos los pintores y poetas a quienes conocí en Londres, por qué los directores de teatro permanecían insensibles, como si la irradiación de mi arte fuera demasiado espiritual para la gruesa y materialista concepción que ellos tenían del teatro».


  • «Día tras día visitábamos el Louvre y apenas si podían echarnos a la hora de cerrar. En París no teníamos ni dinero ni amigos, pero tampoco necesitábamos nada. El Louvre era nuestro Paraíso».


  • «Permanecía horas y horas inmóvil y extática con las dos manos cruzadas sobre mis senos, cubriendo el plexo solar. Mi madre se alarmaba al verme tanto tiempo inmóvil, como en éxtasis; pero yo pude, al fin, descubrir el resorte central de todo movimiento, el cráter de la potencia creadora, la unidad de donde nace toda clase de movimientos, el espejo de visión para la creación de la danza. De este descubrimiento nació la teoría en la fundé mi escuela».


  • «Me puse mi túnica y dancé en el salón de música. El príncipe quedó cautivado. Me dijo que yo era como una visión y un sueño, por cuya realización hubiera estado esperando mucho tiempo. Se interesó profundamente por mi teoría de la relación del movimiento con los sonidos y por mis esperanzas e ideales a favor del renacimiento de la danza como un arte».


  • «Entre los espectadores que me aclamaban en la sala, había un joven húngaro, con facciones y estatura de dios. Aquel joven debía transformar a la casta ninfa que yo era entonces en una bacante salvaje y desenfrenada».


  • «Durante este viaje, recibí ovaciones delirantes de todos los públicos de las pequeñas ciudades húngaras. En cada una de ellas, Alejandro Gross ponía a mi disposición un coche victoria cubierto de flores blancas y arrastrado por caballos blancos. Vestida yo también de blanco, en medio de las aclamaciones y gritos de la multitud, iba a través de la ciudad como una joven diosa caída de otro mundo».
Isadora Duncan posando para un retrato


  • «Nos parecía también, según contemplábamos el Partenón, que habíamos alcanzado el pináculo de la perfección, y nos juramentamos para no salir nunca de Grecia, pues era en Atenas donde habíamos encontrado todo lo que satisfacía nuestro sentido estético».


  • «La verdad es que cuando yo empecé aquella peregrinación no tenía ningún afán de gloria ni dinero. Era una peregrinación puramente espiritual, y me parecía que el espíritu que yo buscaba era la invisible diosa Atenea que había todavía en las ruinas del Partenón».


  • «Deseaba estudiar, continuar mis investigaciones, crear una danza y unos movimientos que entonces no existían, y cada día era más fuerte el sueño de constituir una escuela, sueño que no me había abandonado desde mi infancia».


  • «Bajo la mirada de sus ojos, se despertaban en mí emociones que yo ignoraba y sensaciones tan extáticas y terribles que parecía como si el placer me estuviera matando, y desfallecía para despertarme a la luz de sus ojos maravillosos».


  • «Pronuncié un discurso elogiando la grandeza de Haeckel, y luego bailé en su honor. Haeckel comentó mi danza, comparándola a todas las verdades fundamentales de la Naturaleza, y dijo que era una expresión de monismo, en cuando procedía de una fuente única y tenía una sola dirección de evolución».


  • «Aquella noche, en mi cama del tren, soñé que saltaba desnuda, por la puerta a la nieve, y que me abrazaban, me rodeaban y me helaban sus brazos de hielo. ¿Qué hubiera dicho el doctor Freud de este sueño?».


  • «Soy enemiga del ‘ballet’, al que considero como un género falso y absurdo, que nada tiene que ver con el arte. Pero no pude por menos de aplaudir la figura feérica de la Sechinsky cuando la vi volando en el escenario, más parecida a un pájaro o a una mariposa adorables que a un ser humano».


  • «Empecé a bailar en el momento mismo en que supe mantenerme en pie. He bailado toda mi vida. El hombre, la Humanidad, todo el mundo debe bailar. Así ha sido y así será siempre. Es inútil que se interpongan algunos y que no quieran comprender una necesidad natural que nos ha dado la Naturaleza misma».


  • «En el cuerpo armónicamente desarrollado y llevado a su punto supremo de energía, penetra el espíritu de la danza. Para el gimnasta, el movimiento y la cultura del cuerpo son un fin en sí, pero para el bailarín no son sino medios. El mismo cuerpo debe ser olvidado; es únicamente un instrumento armónico y bien apropiado, y sus movimientos no sólo expresan, como en la gimnasia, movimientos corporales, sino sentimientos y pensamientos del alma».


  • «Apenas mis ojos atónitos contemplaron su belleza me abalancé a él desvanecida. Como la llama en la llama, nos quemamos en un mismo fuego. Al fin encontraba a mi igual, a mi amor, a mi otro yo: no éramos dos, sino uno, ese único ser maravilloso de que habla Platón en su Fedra, dos mitades y una misma alma».


  • «Toda mujer inteligente que lee el contrato matrimonial y que lo acepta, merece todas sus consecuencias».


    • Isadora Duncan, Mi vida, Editorial Losada, Buenos Aires, 1980.


Sobre Isadora Duncan[editar]

Isadora Duncan en París en 1901.
  • «Isadora vino desde la antigüedad, trayendo toda la gracia del movimiento, la armonía del cuerpo, el encanto y la levedad en las ropas, por largo tiempo guardados en los secretos archivos de Grecia».


  • «Jamás ceremonia religiosa alguna creó en sus devotos un estado de éxtasis tal como el que produjeron las danzas de Isadora. He visto llorar a hombres como niños: a mujeres ahogar los sollozos que parecían partirles el alma: a jóvenes bailarines de ballet venidos con el mero propósito de ridiculizar, pálidos y temblorosos frente al milagro del arte».


  • «Isadora vestía su pequeña túnica de gasa incolora, drapeada muy suavemente alrededor de su delgada y etérea forma; su exquisita cabeza, sobre el cuello de cisne, se inclinaba hacia un costado, semejante a un pájaro, como si no pudiera sostener el peso de sus rizos castaños: la pequeña nariz respingada le daba un ligero toque humano, ya que de no haber sido así me hubiera puesto de rodillas frente a ella, en la creencia de adorar a un ser celestial».


  • «Si no hubiese sospechado antes tu origen divino, bastaría para captarlo el minuto previo a tu cruel muerte, cuando tú, gozando de perfecta salud, agitaste la mano gritándome: ‘Adieu, mes amis. Je vais a la gloire’ [Adios, mis amigos. Me voy a la gloria]».


    • Mary Desti, El final de Isadora Duncan, Editorial Futuro, Buenos Aires, 1945.