El fin de la infancia

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El fin de la infancia es una novela de ciencia ficción de Arthur C. Clarke. Originalmente publicada en 1953, luego apareció una versión con un capítulo modificado en 1990 debido a la naturaleza anacrónica del capítulo inicial.

Pasajes de El fin de la infancia[editar]

La Tierra y los Superseñores[editar]

  • Durante un instante que pareció eterno, Reinhold observó, junto con el mundo entero, cómo las grandes naves descendían con una majestad abrumadora… En ese instante la historia suspendía su aliento… La raza humana ya no estaba sola.
  • Y en el sexto día, Karellen, supervisor de la Tierra, se hizo conocer al mundo entero por medio de una transmisión de radio que cubrió todas las frecuencias. Habló en un inglés tan perfecto que durante toda una generación las más vivas controversias se sucedieron a través del Atlántico. Pero el contexto del discurso fue aún más sorprendente que su forma. Fue, desde cualquier punto de vista, la obra de un genio superlativo, con un dominio total y completo de los asuntos humanos. No cabía duda alguna de que su erudición y su virtuosismo habían sido deliberadamente planeados para que la humanidad supiese que se hallaba ante una abrumadora potencia intelectual. Cuando Karellen concluyó su discurso las naciones de la Tierra comprendieron que sus días de precaria soberanía habían concluido. Los gobiernos locales podían retener sus poderes, pero en el campo más amplio de los asuntos internacionales las decisiones supremas habían pasado a otras manos. Argumentos, protestas, todo era inútil.
  • «Si quiere usted una sola prueba de la esencial... cómo diría... benevolencia de los superseñores, recuerde aquella orden que lanzaron al mes escaso de su llegada prohibiendo la crueldad con los animales. Si hubiese tenido hasta entonces alguna duda sobre Karellen esa orden lo borró todo.»

La Edad de Oro[editar]

  • Un vasto silencio cayó sobre el mundo entero durante veinte segundos. Nadie, más tarde, pudo creer que ese tiempo hubiese sido tan corto. (...) No había error posible. Las alas correosas, los cuernos, la cola peluda: todo estaba allí. La más terrible de las leyendas había vuelto a la vida desde un desconocido pasado. Sin embargo, allí estaba, sonriendo, con todo su enorme cuerpo bañado por la luz del sol, y con un niño que descansaba confiadamente en cada uno de sus brazos.
  • Un mundo y sus habitantes pueden ser transformados profundamente en sólo cincuenta años, hasta tal punto que nadie pueda reconocerlos. Sólo se requiere un hondo conocimiento de ingeniería social, una clara visión de los fines que uno se propone... y poder. Los superseñores tenían todo esto. Aunque sus fines eran un secreto, sabían lo que querían, y disfrutaban de poder. Ese poder tomó muchas formas, y los hombres cuyos destinos eran manejados ahora por los superseñores no advirtieron muchas de ellas. El poder de las grandes naves había sido evidente para todos. Pero detrás de esta exhibición de fuerzas dormidas había otras armas mucho más sutiles.
—Todos los problemas políticos —le había dicho una vez Karellen a Stormgren— pueden ser solucionados con una correcta aplicación de la fuerza.
—Me parece una afirmación bastante cínica —había replicado Stormgren incrédulo—. Se parece demasiado a aquélla de "El derecho es la fuerza". En nuestro propio pasado el uso de la fuerza nunca resolvió nada.
—La palabra clave es "correcta" [contestó Karellen].
  • Comparada con las épocas anteriores, ésta era la edad de la utopía. La ignorancia, la enfermedad, la pobreza y el temor habían desaparecido virtualmente. El recuerdo de la guerra se perdía en el pasado como una pesadilla que se desvanece con el alba. Pronto ningún hombre viviente habría podido conocerlo.
  • Era sabido que los superseñores habían tenido acceso al pasado, y en más de una ocasión se había recurrido a Karellen para que solucionara alguna controversia. Pudo haber ocurrido que Karellen se cansase de responder a tales preguntas, pero es más probable que no hubiese ignorado cuáles serían las consecuencias de su generosidad. El instrumento que entregó en préstamo al Instituto de Historia Universal no era más que un receptor de televisión con un complicado sistema de controles para establecer ciertas coordenadas en el tiempo y el espacio. El aparato debía de estar conectado de algún modo con una máquina mucho más compleja, instalada en la nave de Karellen, y que funcionaba de acuerdo con principios inimaginables. Sólo había que ajustar los controles e inmediatamente se abría una ventana al pasado. De ese modo casi toda la historia humana de los últimos cinco mil años era accesible a los hombres.
  • Aunque las mentes racionales habían sabido siempre que todos los textos religiosos no podían ser verdaderos, la reacción fue sin embargo muy notable. Allí estaba la revelación que nadie podía negar o poner en duda. Ahí estaban —vistos gracias a una desconocida magia de los superseñores— los verdaderos comienzos de todas las grandes religiones del mundo. En sólo unos pocos días todos los redentores del género humano perdieron su origen divino. Bajo la intensa y desapasionada luz de la verdad las creencias que habían alimentado a millones de hombres, durante dos mil años, se desvanecieron como el rocío de la mañana. El bien y el mal fabricados por ellas fueron arrojados al pasado. Ya nunca volverían a conmover el alma de los hombres. La humanidad había perdido sus antiguas divinidades. Ahora era ya bastante vieja como para no necesitar dioses nuevos.

La Última Generación[editar]

  • —¿Un sol azul? —dijo Karellen, no muchas horas más tarde—. La identificación no puede ser muy difícil.
—No —contestó Rashaverak—. Se trata sin duda de Alfanidón Dos. Las montañas de azufre lo confirman. Y es interesante notar la distorsión de la escala del tiempo. El planeta gira con bastante lentitud, así que ha observado muchas horas en unos pocos minutos.
  • Podría haber sido la Tierra. Un sol blanco pendía de un cielo azul manchado de nubes, que corrían ante una tormenta. Una colina descendía suavemente hacia un océano espumoso mordido por un viento voraz. Sin embargo nada se movía; era una escena inmóvil, como vista a la luz de un relámpago. Y lejos, muy lejos, en el horizonte, había algo que no era terrestre: una hilera de columnas envueltas en niebla que se afilaban ligeramente al salir del océano y se perdían en las nubes. Se alineaban con perfecta precisión a lo largo del borde del planeta... demasiado grandes para ser artificiales; demasiado regulares para ser naturales.
—Sideneo 4 y los Pilares del Alba —dijo Rashaverak, y había angustia en su voz—. Ha llegado al centro del universo.
—Y apenas ha iniciado el viaje —respondió Karellen.

Detalles clave de la trama[editar]

  • Jeff y Jenny fueron los primeros, pero muy pronto se les unieron muchos otros. Como una epidemia, extendiéndose rápidamente de país a país, la metamorfosis infectó a toda la raza humana. No alcanzó prácticamente a nadie de más de diez años, y no se salvó prácticamente nadie de menos de esa edad. Era el fin de la civilización, el fin de los ideales que los hombres venían persiguiendo desde los origines del tiempo. En sólo unos pocos días la humanidad había perdido su futuro. Cuando a una raza se le priva de sus hijos, se le destruye el corazón, y pierde todo deseo de vivir.
  • —Ahora entiendo —dijo el último hombre.
¡El último hombre! Jan apenas podía imaginarlo… Por motivos que los superseñores no podían explicar, pero que, sospechaba Jan, eran principalmente psicológicos, ningún niño había venido a reemplazar a los que se habían ido. El Homo sapiens era una raza extinguida.
  • —Nada que informar aún —comenzó Jan—. Hace unos minutos vi la estela de la nave interestelar que desaparecía en el cielo.... Desearía saber qué están mostrándoles a ustedes las cámaras para compararlo con lo que creo estar viendo. ¿Es así como le aparece a usted, Karellen, con estos colores y formas?
  • —Los edificios de alrededor, el terreno, las montañas... todo es como vidrio. Puedo ver a través de las cosas… ¡La luz!... Bajo mis pies... del interior de la Tierra... nace brillando, a través de las rocas, el piso, todo... cada vez más brillante, enceguecedora...
No quedó nada de la Tierra. Los últimos átomos de sustancia habían sido absorbidos por ellos. La Tierra había nutrido los terribles momentos de aquella increíble metamorfosis como el alimento acumulado en la espiga o el grano que nutre a la planta joven que crece hacia el sol.
  • A seis millones de kilómetros, más allá de la órbita de Plutón, Karellen se sentó ante una pantalla repentinamente oscurecida. El peso de los siglos había caído sobre él junto con una tristeza que ninguna lógica podía vencer… La gran pantalla del cuarto de navegación se encendió un momento con una luz carmesí y sombría. Sin ningún esfuerzo consciente Karellen leyó el mensaje contenido en aquellas cambiantes figuras. La nave estaba dejando las fronteras del sistema solar. Las energías que movían la nave disminuían rápidamente, pero ya habían hecho su trabajo. Karellen alzo una mano y la imagen volvió a transformarse. Una estrella solitaria brilló en el centro de la pantalla; nadie hubiese podido decir, desde tan lejos, que el Sol tuviese algún planeta, o que uno de ellos se hubiese perdido. Durante mucho tiempo Karellen miró fijamente aquel abismo que se agrandaba con rapidez, mientras los recuerdos le pasaban en tropel por la vasta mente laberíntica. Con un adiós silencioso saludó a los hombres que había conocido, tanto a los que lo habían ayudado como a quienes habían tratado de impedir su trabajo. Nadie se atrevió a perturbarlo o a interrumpirlo. Y al fin Karellen volvió la espalda al Sol diminuto.